Literario

lunes, 15 de julio de 2013

LA QUEMAZÓN





                                  
El pueblo se formó de inmigrantes venidos de diversos lugares de la geografía estatal y por que no de la nacional también, ¿el motivo? se estaba construyendo un centro de producción de azúcar de caña que tiempo después le llamarían Ingenio Rosales. De Eldorado llegaron José Torres, Víctor Bodart el Pullas, de Navolato el Matorro Sainz, los Leal ( Tomas, Chuy y Santiago), de Cosalá los Apodaca (Roberto, el Min, el Bolas y Manuel), de El Rosario mis tíos Manuel, Arnulfo y Nicolás Avilés, mi padre; que en paz descanse.
Al principio eran puros varones y con el paso del tiempo trajeron a sus  mujeres. Con esto nacieron los primeros hijos de Costa Rica.
A finales de los años cuarentas había en su mayoría tiendas de campaña que pertenecieron al ejercito Americano, se compraron por bultos y se repartieron para que vivieran los recién llegados. Con en paso de los meses fueron  cambiándolas por otras elaboradas con materiales más resistentes como madera de pino rustico, techos de jarilla, palma o de lámina prieta. Todas estaban en serie por lo que les llamaban "colectivos". En esos entonces el pueblo eran casi dos calles.
Dentro del Ingenio había una colonia de casas tipo californiano con jardines bellamente decorados, dentro estaban   acondicionadas con aire fresco, y chimeneas para que no tuvieran problemas en ninguna época con el clima.
Esta misma situación permaneció por mucho tiempo, luego, con el paso del tiempo de acuerdo a la actividad del jefe de familia llegó la inevitable división de clases y  así vimos que aparecieron castas; obreros azucareros, productores de caña de azúcar o colonos, comerciantes, empleados estatales y federales (oficina de correo, telégrafo, estación del ferrocarril) por otro lado  profesores, sacerdotes, médicos y vagos. Razón por la que vinieron las primeras construcciones con materiales de acuerdo a sus posibilidades económicas lo que el rostro de la pequeña comunidad fue cambiando.
 
En la mayoría de los hogares el servicio de agua era a través de una pipa que llenaba tambos de doscientos litros que estaban frente a las viviendas. Toño el pipero se encargaba de  hacerlo cada tres o cuatro días. De mi infancia recuerdo pocas casas de materiales solidos, sólo la de los ingenieros en la Fulton, el resto eran de pino.
El edificio de la Sección 106 o el Sindicato como lo conocíamos, era de ladrillo, pero enseguida estaba el abarrote Pancho Flores, luego la zapatería de Manuel Apodaca y hasta las vías del ferrocarril sud pacifico para no desentonar la arquitectura, también eran de madera. Exactamente allí, de la negociación de calzado dijeron los vecinos de la Calle Principal y los de la calle Mercado que empezaron las llamas.
 Era pequeño cuando paso el siniestro y sin embargo noté que la gente se arremolinaba y otra corría tratándose de alejarse del ojo de la lumbre. Lo hacían con rictus de entre sorpresa y dolor por la eminente perdida de su propiedad. Los que huían eran los dueños de las casas contiguas, lo hacían mientras gritaban- ¡fuego, fuego, se está quemando la zapatería de Apodaca, se va a pasar hacia nuestras casas!
las llamas que vomitaba la madera reseca  parecían tener rencor, eran como grandes olas de un mar embravecido que amenazaban con devorarlo todo. Se elevaban alto como queriendo quemar el cielo y con ello reforzaba la insoportable canícula de mayo.
La tarde en que ocurrió el suceso era  extraña  el viento que soplaba venia del estadio "Alejandro Torres" hacia las vías del tren. En ese mes nunca viaja en esa dirección el aire, como si se hubiera puesto de acuerdo con la lumbre para terminar con todo.  Las viviendas eran pasto de las llamas, las cuales ayudadas por el viento se propagaban a gran velocidad.
La buena voluntad y el denuedo con que se le combatía y ni los tambos de agua fueron suficientes para sofocarlo. La lumbre corrió rápido como lo hace en la mecha de un cohete y no ceso hasta que consumió la última casa que estaba contigua a los vagones, justo allí se detuvo, bomberos, ¿cuales? si en mi pueblo no existían. La solidaridad de los vecinos fue importante en el rescate de algunas pertenencias, con la quemazón la gente perdió más de lo que tenía , que de por si era poco. ¡Perdieron hasta la fe, y con eso todo!
Como sucede siempre en estos casos, al final buscaron un culpable, todos voltearon sus caras y enseguida clavaron sus ojos hacía donde algunas horas estaba la zapatería de Manuel Apodaca, para ellos el culpable, sospechaban que no fue accidente, que su propietario la prendió y después el incendio arrasó con todo. Sin embargo había algo que no se acomodaba del todo, por lo que la aseveración parecía inverosímil, entonces la pregunta obligada ¿ cual el motivo para quemar su incipiente negociación?, luego otra ¿para qué? y, como nunca falta un suspicaz, encontró  algo cuerdo ¡ cobrar el seguro contra incendio y con el dinero reconstruirla de cal y canto!
La aseveración tomó fuerza meses después que Apodaca levantó su nuevo local con ladrillo y cemento. Lo cierto es que esto sucedió a finales de los años cincuentas del siglo XX y hoy que lo escribo no sabemos bien a bien quien fue, pero  escuché durante muchos años este murmullo ¡ Manuel Apodaca quemó medio pueblo!
 
                           Dr. Nicolás Avilés González

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